Un par de días o quizá una semana antes de que se desatara la crisis, hace ya mucho rato, escribí que temía por nosotros. Quise no tener razón y tuve miedo de asumirlo: la crisis, el miedo, la duda, todo.
Hoy sigo teniendo miedo y dudas, pero nada que perder.
Y hay días, como ayer, en los que lo único que quiero es volver el tiempo atrás para compartir la vida con él, para poder acercarme cuando está tocando guitarra, decirle que es seco, cantar sus canciones. Contarle lo que me pasa, contarle, por ejemplo, que hace tiempo no estaba tan picada con la vida como ayer, cuando no pude ver a la camila moreno tocar en el patio. Y que desde la ventana de la sala, arriba, lo veía a él mientras escuchaba y tenía pena, caleta de pena. Contarle, también, que ya faltan un par de días para que mi pieza sea mía y para que él pueda quedarse todas las veces que quiera a dormir, para que vuelva a abrazarme fuerte mientras se ahoga con mi pelo, para que volvamos a quedarnos despiertos hasta las cinco haciendo nada, o para que volvamos a quedarnos dormidos a las nueve sin hacer nada.
Y hay otros días, como hoy, en los que no puedo dejar de pensar en que lo correcto es avanzar, pero que eso no es lo que quiero. No quiero dejarnos ir y se me nota en cada poro.
Y también hay otros días en los que no quiero nada, en los que me siento feliz así, en los que me felicito por mi decisión y en los que no necesito buscarlo con la mirada. Esos días son más escasos, pero también más felices. Y no es que los otros no lo sean, sino que tienen una buena cuota de nostalgia, otra poca de rabia -porque es inevitable sentirme tonta- y otra poca de pena.
¿Llorarás cuando me vaya?
No hay comentarios:
Publicar un comentario